Tengo que agradecer al gran Ovidio Moré que me haya cedido una brizna de su genialidad (que es mucha) y haya escrito para mi humilde ilustración esta breve joya. Gracias por crear un universo maravilloso para esta pequeña Mirai y en el cual, a partir de ahora, podrá vivir eternamente.

Mirai Maia

Ella recogía las esquirlas de estrellas fugaces que habían quedado desperdigadas por la campiña después de Las Perseidas,  y las sembraba en macetas multicolores  en el invernadero. El invernadero había pertenecido a su tío Gráncibal, botánico, mago y alquimista; de él  había aprendido  el cultivo de amapolas perennes y la domesticación de peces en el éter, entre otras hechicerías. Cada mañana regaba las esquirlas con agua de mar, pues había leído en el Gran Libro de las Maravillas, también heredado de su tío, que las estrellas sólo se alimentaban de agua salobre. Cuando las esquirlas germinaban en las macetas, las trasplantaba a su jardín, situándolas en torno a un árbol de alcornoque  que de “alcornoque” no tenía absolutamente nada, pues era dueño de una inusitada sapiencia. Allí los futuros astros crecían sanos hasta convertirse en pequeños soles amarillos. Llegado el otoño los soles ya habían alcanzado la maduración exacta, entonces ella recogía la cosecha. Con esmero fabricaba, en cobre y plata, lucernarios de exóticas formas y en cada uno engarzaba un sol. Finalizado el trabajo, al cual dedicaba varias semanas,  bajaba su preciada mercancía al caserío en una carreta tirada por un percherón zaino y parlanchín, e iba regalando los raros farolillos, casa por casa, a todos los habitantes del poblado, para que pudieran iluminarse y calentarse durante el duro y frío invierno que estaba por llegar. Los pueblerinos, agradecidos, le regalaban sonrisas, que ella guardaba en un estuche  de ébano, y luego, con parsimonia y gracia, y la ayuda de un pájaro carpintero,  enmarcaba y colgaba en las paredes de su casa. Alrededor del alcornoque siempre dejaba unos cuantos soles para su propio disfrute.  Así que en las noches invernales de luna nueva, se le podía ver a ella, a Mirai Maia, sentada en una de las ramas del viejo árbol, absorta entre las páginas del Libro de las Maravillas, y también a su mascota (un pez payaso que siempre había soñado con ser podenco) jugueteando entre los soles y las amapolas, arropados, ambos, por la calidez y la luz que  los solecillos proveían, como si aquella fría noche fuera una noche cualquiera de primavera.

O. Moré.

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